La Iglesia del Sagrario

La Iglesia del Sagrario es uno de los templos barrocos más significativos de la ciudad. Su construcción no se llevó a cabo hasta el siglo XVIII, aprovechando la estructura de la antigua mezquita mayor de Granada.

Historia

El principal templo musulmán de la ciudad, la denominada mezquita aljama, estaba ubicada en la zona de la Medina, una zona de expansión de la ciudad islámica que se desarrolló en la zona llana más inmediata al Albaicín.

Sus dimensiones eran importantes aunque no pudo competir con otras grandes mezquitas como la de Córdoba o Sevilla. Gracias a las crónicas conocemos la distribución del templo: la qibla, orientada hacia el sureste, lindaba con la actual Calle Oficios, mientras que la puerta principal estaba junto a lo que posteriormente sería la Capilla Real. El alminar de la mezquita, conocido como torre turpiana, tuvo que ser demolido en 1588 bajo el arzobispado de Juan Méndez de Salvatierra, debido a que entorpecía el proceso constructivo de la Seo granadina y probablemente sería similar al alminar de la Iglesia de San José.

La actual iglesia del Sagrario ocupa el espacio que anteriormente formaban las naves de la mezquita, quedando el patio de la misma y el alminar en el lateral derecho de la Catedral.

Una vez conquistada la ciudad y tras la conversión forzosa de los moriscos, se establece sobre la mezquita en 1501 una parroquia bajo la advocación de María Santísima de la O. Esta acogió de manera temporal la sede catedralicia, que se trasladó desde la iglesia de Santa María la Mayor, a la espera de que finalizaran las obras del nuevo templo. Las trasformaciones mencionadas, unidas a la construcción de nuevas capillas para adecuar el espacio en iglesia, supusieron el deterioro y derribo de buena parte de la mezquita.

Si en 1661 se construyó un patio con tres claustros, en 1704 hubo que demoler todo lo que quedaba del antiguo edificio para dar inicio a las obras de la Iglesia del Sagrario.

Diego de Siloé

El diseño de este templo ya estaba contemplado por Diego de Siloé en el momento en que se hizo cargo de las obras de la Catedral en 1528.

Siloe apostaba por añadir un claustro al templo, idea que sin embargo se desechó en el siglo XVIII, cuando decidieron construir únicamente la iglesia. En 1705 el arzobispo Martín de Azcalgorta encargó las obras a Francisco Hurtado Izquierdo, quien ya había sido maestro mayor de la Catedral de Córdoba. El proyecto debía ser acorde con la magnificencia de la Catedral.

Al igual que en otras obras de gran envergadura, la falta de recursos obligó a paralizar la edificación, la cual no se reinició hasta 1717, fecha en que se encomendó la dirección de las obras a José de Bada y Navaja.

En 1745 se cerraron las bóvedas y el crucero, dando paso a la decoración del interior y catorce años más tarde, en 1759, se abrió el templo al culto.

La fachada es de gran sobriedad. Está formada por muros lisos que se corresponden con las naves interiores de la iglesia y donde únicamente sobresale la portada. Esta fue diseñada originalmente por Hurtado Izquierdo, aunque finalmente José de Bada modificó el proyecto por uno más austero donde imperan las líneas rectas. Está realizado en piedra gris de Sierra Elvira.

Su composición consta de dos cuerpos y tres calles. En el cuerpo inferior se encuentra la puerta de acceso al templo que queda cerrada por un arco de medio punto. La calle central se divide de las laterales por grandes columnas corintias y en la parte superior por un friso con motivos vegetales, símbolos eucarísticos y la tiara de San Pedro. El segundo cuerpo está formado por un arco de medio punto que contiene en su interior la imagen de San Pedro, flanqueada por dos hornacinas con las figuras de San Juan Nepomuceno y San Ivón, obras del escultor Agustín Vera Moreno.

En el interior se aprecia una planta cuadrada en la que se inscribe una cruz griega. Esta se define por cuatro pilares torales de orden compuesto que soportan la cúpula central. Los brazos que forman la cruz están cubiertos por bóvedas vaídas y se extienden hasta los laterales donde finalizan en unas capillas octogonales ochavadas.

Por último, los tramos que forman los ángulos de la iglesia se cubren con bóvedas de arista.

La decoración de la iglesia se funde con la arquitectura mediante el empleo de molduras y piedra labrada. Esto crea una atmósfera austera pues la variedad cromática es muy limitada, únicamente rota por los pequeños retablos de madera dorada situados en los laterales. Estas pequeñas capillas fueron ensambladas por Nicolás Moya quien, bajo la supervisión de Bada, intentó mantener un estilo sobrio sin los grandes ornatos que sí se daban en otros templos coetáneos.

Las Capillas

Las capillas se distribuyen alrededor del templo.

Su distribución se planteó aprovechando los ángulos de la iglesia, así como para rematar las naves principales.

Iniciando la visita encontramos en primer lugar, a los pies de la iglesia, dos pequeños retablos con relieves que representan el tránsito de San Juan de Dios y los martirios de San Cecilio, ambos obra de Pedro Tomás Valero. A continuación por el lado derecho, se encuentra la pila bautismal, obra de Francisco Florentín, de 1520, tallada en mármol blanco. Se trata de la pila bautismal más antigua de cuantas se conservan en la ciudad. Sobre ella, un cuadro del Bautismo del Señor firmado por Antonio Jurado en 1804.

En las capillas laterales del crucero se hallan dos retablos barrocos de mayor tamaño y monumentalidad realizados por Nicolás Moya. El de la izquierda se completa con el grupo escultórico del calvario que realizó Diego de Aranda. El de la derecha alberga la imagen de la Virgen de los Remedios, talla del siglo XVI, junto a dos cuadros de la Sagrada Familia y la Asunción de Atanasio Bocanegra.

Esta imagen mariana ya tuvo devoción en la antigua capilla que se construyó en la mezquita mayor. A continuación, por el lado derecho, se encuentra un impresionante relieve de la Epifanía, obra de Diego de Aranda y a los pies la imagen de San Sebastián. En el lado opuesto de la cabecera encontramos el acceso hacia el templo catedralicio y a la Capilla Real, donde se encuentra la Capilla de Pulgar.

Hernán Pérez del Pulgar

Este espacio fue cedido por Carlos V a Hernán Pérez del Pulgar en recuerdo de su hazaña, pues en este lugar se encontraba la puerta de la mezquita donde, según la historia, clavó un pergamino donde se leía Ave María. Ocurrió en 1490, cuando Hernán Pérez del Pulgar, marqués del Salar, se adentró en la ciudad por el río Darro y colocó en la puerta de la mezquita el citado pergamino, tras lo cual huyó incendiando a su paso la alcaicería.

Esta capilla consta de un pequeño retablo que acoge una pintura de la Sagrada Familia. Bajo esta hay tres pequeñas tablas que representan el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana, el Nacimiento de la Virgen y el Nacimiento de Jesús. Junto a la capilla se venera un imponente crucificado del círculo de Pablo de Rojas.

En el altar mayor sobresale el magnífico tabernáculo que José de Bada realizó entre 1745 y 1755.

El proyecto original de Francisco Hurtado fue modificado por Bada quien lo ajustó a un estilo más cercano al barroco, de forma piramidal y combinando el mármol de color blanco, rojo y negro.

El tabernáculo descansa sobre un pedestal que presenta medallones en cuyo interior se representan las llaves de San Pedro, la tiara y jarrones de azucenas. Destacan las estatuas de los Padres de la Iglesia que realizara Vera Moreno y el remate mediante la granada y la representación de la Fe, obra de Tomás Valero.

Asimismo, en el centro, se halla la imagen de la Purísima Concepción, copia de la de Cano, ocupando el lugar que anteriormente tuvo el Santísimo.

En el ábside se ubica un retablo que acoge una escultura de San Pedro, realizado por José de Mora. A ambos lados, sobre las puertas que dan acceso a la sacristía, se encuentran las figuras de San Miguel y San Rafael. En el segundo piso las figuras de San Joaquín y Santa Ana flanquean un cuadro de San José con el Niño, copia de la Sagrada Familia de Juan de Sevilla y a su vez, copia de un original de Alonso Cano.

El templo se encuentra ricamente decorado con elementos pétreos como puede ser el púlpito, labrado por Tomás Valero, o las capillas que se abren en los pilares centrales que albergan las imágenes de los Evangelistas, obras del mismo autor. La decoración tanto de las pechinas como de las distintas cúpulas está compuesta por hojarasca y motivos vegetales y geométricos.

Bajo la iglesia, siguiendo el modelo arquitectónico del templo, se construyó la cripta, a la cual se accede por una capilla situada en el lado opuesto de la bautismal.

Finalmente, hay que destacar el órgano de estilo neoclásico situado en el coro de la iglesia, sobre la puerta principal de acceso al templo.